Todo está escrito, nada está dicho

Qué sensación tan compleja me vence cuando leo a algunos autores anglosajones (traducidos; soy capaz de leer pero no de disfrutar los textos en su lengua original). Digo "algunos" porque no son la mayoría, y "anglosajones" porque casi todos son norteamericanos o británicos. Siento inmediata admiración por la delicadeza y esmero con que tratan a su idioma, acudiendo a la literatura con un sigiloso respeto que los revela ilusionados tras de una única recompensa: la de merecerse a sí mismos como autores. Me desarma la apacible sencillez con que se acogen al arte de la narrativa, como si se reconocieran humildes y afanosos aprendices, en perpetuo estado de gratitud hacia una valiosa tradición literaria. El fraseo conciso y depurado, las imágenes directas y precisas, el exquisito cuido del punto de vista y el tono de la narración... Gente que escribe así, sin ninguna duda, ama a la literatura muchísimo más que a sí mismos.

Qué sensación tan extraña, a menudo desoladora, cuando comparo a los anteriores con muchos novelistas (y relatistas) contemporáneos en lengua española. Escritores de órdago y do de pecho, de puñetazo encima de la mesa, de "aquí estoy yo porque soy el que lo entiende"; prosistas de llamar mucho la atención, de hacer ruido mientras relatan y relatan y de poner muchos cascabeles a su prosa para que a nadie se le olvide quién es el autor y qué mérito extraordinario tiene lo que está haciendo. Autores que han elegido la literatura para mostrar al mundo su talento inmenso como podían haberse decantado por el tambor o la copla. En España y en el mundo hispánico, con demasiada frecuencia, se escribe como se habla: a gritos.

Qué sensación tan turbadora hablar de este fenómeno, la estridencia y el desaliño como costumbre, casi paradigma para demasiados de los nuestros. Un error y una osadía donde muchos hemos caído demasiadas veces.

Es necesario seguir aprendiendo de quienes saben aprender. Y cuantas menos lecciones demos y demostraciones hagamos, mucho mejor para todos. Que se sepa, la literatura nunca se enamoró de quien la llama a voces y la tumba sobre el papel para sentirse dueño de una "obra". No hay nada más penoso que el escritor desorbitado por la soberbia, el que afirma con orgullo de barra de bar: "He escrito una novela". La cuestión, desde la perspectiva de esa narrativa anglosajona de la que hablaba al principio, es: ¿Cuántas novelas se han dejado escribir por ti?

Mejor callar. Dulce silencio, gran consuelo...






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