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Mostrando entradas de noviembre, 2014

El águila y la lamdba

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Una novela es una buena novela cuando invita a reflexionar sobre lo que hay más allá y es más trascendente que la propia narración. Leyendo El águila y la lambda, de Pedro Santamaría, no se me ha ocurrido otra cosa que rebuscar y rebuscar hasta encontrar un texto escrito hace años. Yo creo que viene a propósito de esta gran aventura, el inicio del inmenso incendio que serían las Guerras Púnicas, el choque de dos culturas antagónicas con el final que todos conocemos. A veces me gusta fantasear sobre qué habría sucedido si Cartago hubiese resultado vencedora. ¿Cómo sería el mundo greco-fenicio? ¿Cuál su legado?
Sobre este asunto, conjeturé algo, como decía, hace tiempo: ****

Aventura y valores en El Señor de los Anillos

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Aventura y valores en El Señor de los Anillos
(Esbozo de una interpretación catolicista)
Editorial EAS

Más que argumental, el viaje es el elemento estructural por antonomasia de la literatura de aventuras. El viaje y el regreso (es decir, la Odisea en su puro sentido), configuran el trazado espacio temporal y el tejido de acontecimientos, siempre adversos y presentados como reto a superar (no puede ser de otra manera), por el que deben transcurrir las peripecias de los protagonistas y personajes principales en este tipo de narraciones. De esta forma, el viaje se presenta como una vía ineludible de iniciación sapiencial que determinará tanto el desarrollo de la acción como la evolución interior de los personajes. El viaje-aventura, para llegar a buen término, no sólo implica la superación de dificultades externas sino, fundamentalmente, la victoria sobre la propia debilidad interna del héroe, su reacción y capacidad de trascender a las propias limitaciones para convertirse en “otro nuevo…

Septimio de Ilíberis

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Hay autores que escriben para la clientela de las grandes superficies comerciales y otros que lo hacen pensando en los lectores. Hay novelistas obsesionados con las tendencias eventuales del mercado y otros que se esmeran por entender los universales de la literatura. Hay quien redacta cientos de folios para demostrar lo mucho que sabe y hay otros (una minoría), que acude a la tradición literaria para aprender de los grandes maestros e intentar, con humilde diligencia, seguir la huella de quienes hicieron del arte de la novela un hecho cultural imperecedero, no una moda que se mantiene unos meses y pasa al olvido sin dejar más rastro que algunos movimientos en la cuenta de resultados de cualquier editorial. O sea y en resumen: hay quien se toma este oficio en serio, como una dedicación creativa de primer nivel, y los hay que aspiran (porque su ambición no da para más), a cierto modo de vida (“ser escritor”) atractivo, glamouroso y un poquitín hortera

Peña Amaya

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Acabo de leer la novela Peña Amaya, de Pedro Santamaría, y redacto casi a vuelo, aún conmovido por una lectura tan amena, mis impresiones sobre la misma. Lo primero que me viene al santiscario (llevo dándole vueltas mucho tiempo y la experiencia de Peña Amaya ha avivado esta reflexión), es que no existe una épica fundacional de la literatura española, vinculada al surgimiento del mito nacional, al estilo, majestuoso, de las sagas nórdicas, germánicas y anglonormandas. La razón es evidente: la literatura española, durante toda la edad media, se expresa en distintas lenguas romance, y cada una de ellas establece referentes epistemológicos distintos.

Sólo cuando el castellano comienza a usarse como lengua franca en gran parte del territorio peninsular, aparece el primer relato caballeresco que vertebra una identidad más o menos compacta en torno al mismo ideario común. Me refiero al Cantar del Mío Cid, claro está; un compendio tardío que aboca a la literatura épica española al monotema:…