Aventura y valores en El Señor de los Anillos


Aventura y valores en El Señor de los Anillos

(Esbozo de una interpretación catolicista)



Más que argumental, el viaje es el elemento estructural por antonomasia de la literatura de aventuras. El viaje y el regreso (es decir, la Odisea en su puro sentido), configuran el trazado espacio temporal y el tejido de acontecimientos, siempre adversos y presentados como reto a superar (no puede ser de otra manera), por el que deben transcurrir las peripecias de los protagonistas y personajes principales en este tipo de narraciones. De esta forma, el viaje se presenta como una vía ineludible de iniciación sapiencial que determinará tanto el desarrollo de la acción como la evolución interior de los personajes. El viaje-aventura, para llegar a buen término, no sólo implica la superación de dificultades externas sino, fundamentalmente, la victoria sobre la propia debilidad interna del héroe, su reacción y capacidad de trascender a las propias limitaciones para convertirse en “otro nuevo” triunfador sobre todas las dificultades. No hay novedad en este planteamiento, en lo que se refiere a la obra más conocida y sobresaliente de J.R. R. Tolkien, El Señor de los Anillos. Si el viaje es conocimiento y, sobre todo, “conocimiento de sí mismo”, todas y cada una de las propuestas argumentales de Tolkien en esta novela conducen a la epifanía definitiva: Frodo Bolsón de Bolsón Cerrado enfrentado a sí mismo, en el Monte del Destino, tentado por el Mal (el que resiste desesperadamente en su propia conciencia, intentando salvar el Anillo Único de la destrucción), y al mismo tiempo azuzado por dos fuerzas externas, poderosas y opuestas, que acompañan al hobbit hasta el final de la azarosa trayectoria; por una parte, la lealtad y bondad de Samsagaz Gamyi, y de otra el nefando y atormentado Smeagol. Sobre la personalidad de este último han escrito bastante los hermeneutas de Tolkien, pero es necesario detenerse un párrafo en la personalidad del autor para comprender con justeza la tortura existencial del infeliz Gollum.

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J.R. R. Tolkien era ferviente católico romano. Evitó deliberadamente las referencias religiosas en su obra para dejar plena libertad al desarrollo de otra de sus convicciones: los mitos clásicos (evidentemente, en este caso la mitología nórdico-celta-germánica), son hermosos y apreciables destellos de la verdad divina aún no revelada. Tal como entendía la cuestión, los mitos antiguos de la cultura anglosajona, escandinava y germánica eran una especie de “cristianismo antes del cristianismo”. Para Tolkien no representa ningún problema, por tanto, establecer y describir una radical división entre el Bien y el Mal enfrentados tanto en la conciencia del ser humano como en su entorno social y ambiental. Volviendo entonces a la figura de Smeagol, desde tal perspectiva representa nítidamente la figura del Diablo, el ángel caído, quien se dejó tentar por la codicia del poder supremo (ser dueño del Anillo), y se recibe a sí mismo como castigo, el ser condenado a la abyección y la plena conciencia de su error. De ahí, esa especie de doble personalidad del infortunado Gollum, el diálogo constante entre el anhelo perverso y el temor a sus consecuencias. La desgracia de Smeagol es que él ya no puede elegir. Su primera decisión, el pecado original imperdonable de haber asesinado a su primo Déagol por la posesión del Anillo Único, determinan su ser como irremediablemente abocado al Mal. Tolkien ingenia, pues, todo el argumento de la novela (como decía, deliberadamente desprovisto de menciones a asuntos religiosos), para conseguir el efecto final de lectura profundamente cristiana: el ser humano, la criatura hobbit, tentado en lo íntimo de su alma, aconsejado por el “ángel bueno” Samsagaz y presionado por el diabólico Smeagol, en la tesitura de decidir entre el Bien y el Mal. Es el “No nos dejes caer en la tentación...” de la oración capital de los cristianos. Destruir el Anillo Único supone para Bilbo no sólo acabar con el poder de Sauron, sino también apagar una parte de sí mismo (René Guénon, tan sutil como siempre, utilizaría la expresión “quemar las cortezas del alma”), desprenderse en suma de una parte de sí, la que lo inclina al error y el “pecado”, para renacer entre los fuegos del Monte del Destino como ser plenamente posesor de una conciencia pura y determinada a la inmortalidad.

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Se ha escrito mucho sobre El Señor de los Anillos y se han rastreado muchas interpretaciones sobre el sentido de su argumento y desarrollo de los personajes. Personalmente he leído para todos los gustos, desde que se trata de una exaltación de la amable Inglaterra (La Comarca) en lucha contra la brutalidad nazi, hasta otras que identifican la implacable crueldad de Sauron y la disciplinada ferocidad de los orcos con el terror stalinista y el poder militar de “las hordas marxistas”. Toda gran obra literaria, naturalmente clásica, admite toda clase de exégesis y permanece abierta a nuevas lecturas sin perder un ápice de interés ni actualidad. En el caso de El Señor de los Anillos, creo que sería interesante indagar en profundidad sobre esta doble vertiente ideológico/religiosa de la que mana su desarrollo: el camino de los mitos “paganos” como excusa y el fin redentor de la revelación cristiana puesta en valor abstracto, universal. Bilbo Bolsón no es Jesucristo camino del Calvario con la pesada Cruz al hombro. No lo es. Pero sí es una parábola con todos los componentes del Sacrificio, incluida la muerte (en este caso metafórica) del original portador del Anillo, quien resucitará convertido en el Salvador de la Tierra Media y de todas las naciones de los hombres. Los seres buenos que no son propiamente hombres. Los inmortales elfos bastante se aperciben a lo largo de la novela y al final aceptan que en ese nuevo mundo recreado según la nueva realidad (la nueva creencia y nuevos valores que unen a los hombres bajo la Corona de Aragorn), ya no queda sitio para ellos. Han de cruzar el mar de la inmortalidad y dejar este mundo para instalarse en el territorio de la leyenda. Acaba el discurso disperso sobre lo sobrenatural. Termina el tiempo de la magia, comienza el tiempo de la religión.

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