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Mostrando entradas de agosto, 2014

Tajao

Cortados como la piedra nos quedamos. El lugar es un desierto, árido y simple como como un sueño sin recordar y un fantasma sin nadie a quien asustar. La piedra pulida por el ventarrón perpetuo en esta esquina de la isla argumenta un paisaje de drama antiguo, un escenario entre onírico y tramposo: ninguna persona en su sano juicio puede tener tanta alma como para vivir aquí siempre. Hay un par de pequeñas urbanizaciones para veraneantes. Pasar aquí las vacaciones, pensé, es cosa de chiflados. Lo pensé pero no lo dije. Y ni una palabra dije cuando la dueña del Rincón del Marinero, un lugar tan vacío y seco como el ojo de un tuerto, nos echó a la calle porque no teníamos intenciones de sentarnos a comer sino de tomar unas cocacolas. "Ni bebidas ni café. Sólo comer". Imaginé a inexistentes, imposibles comensales tragando arena del desierto, sin un triste vaso de agua que les aligerase el martirio.

San Miguel de Tajao, un pueblo a palo seco.





Domingo, agosto y gol a lo salvaje

Creo que me viene la costumbre desde aquellos años adolescentes en que la misa de domingo era obligación y me desahogaba cantando en la iglesia a plena potencia, desafinando como un jinete sármata entre coros gregorianos y trinos de sirenas. El caso es que los domingos por la mañana, de manera puntual e inexcusable, me da por escuchar música y martirizar a quienes me rodean (pobre ángel mío) con esta voz que la naturaleza me ha regalado, no exenta de vigor y robustez aunque fatal en cualquier tono que pretenda. Puestos a dar la nota, ni una. Aunque este inconveniente no merma el entusiasmo musical de los domingos, es algo que me ha acompañado siempre y, sospecho, va a ser para siempre. Espero no morir un domingo por la mañana, Dios me libre: llegar al otro mundo canturreando en tonos de cántaro rotoThe wild colonial boy debe de ser casi tan lamentable como el mismo acto de diñarla. Digo yo.

El Jarama again

Cómo me impresionó la lectura temprana de aquella novela, a una edad en la que nadie está equipado emocional ni intelectualmente para entender la cámara fija de domingo por la tarde, en blanco y negro, con la que Sánchez Ferlosio retrató el cauce de la vida tenaz como el cauce de un río, mansa y aburrida como una tarde de domingo en el Madrid de posguerra. El único acontecimiento notable es la aparición de un ahogado que flota aguas abajo ante el desasosiego interior y la indiferencia minuciosamente impostada, mantenida por instinto superviviente, de los tranquilos bañistas.

¿Master qué?

De Antonio Gramsci a la cocina y a un programa de TV que es un concurso de cocineros, y así es la vida (me refiero a la mía, la de los demás no sé y la buena  educación y el sentido común me aconsejan que cuanto menos sepa, mejor). En la mía, (mi vida, decía) hay cosas por las que siento verdadera pasión y para las que carezco del más mínimo talento, como el ajedrez, la música, las matemáticas (mis pobres profesores del instituto se desencuadernarían de la risa si leyeran esto último), la poesía mística, la pesca de río y la gastronomía, especialmente la repostería. Cuanto más dulce la lengua, más afilados los dientes...

Gramsci

Y he aquí que casi cuarenta años después me encuentro leyendo, (re)documentándome, ordenando notas e ideas para un largo (espero que no muy largo), artículo sobre Antonio Gramsci y su desarrollo sistemático de los conceptos de hegemonía y bloque histórico como elementos estratégicos en la construcción de un nuevo paradigma (meta)politico. Y he aquí que el artículo, un amable encargo, no se publicará en ningún medio de "izquierdas", porque la supuesta izquierda se acuerda muy poquito de Gramsci. Tampoco de derechas, claro está. Ni "transversal", pues a esos no se les ha perdido nada en el universo gramsciano. El artículo saldrá editado, cuando salga, en una revista de pensamiento que me gusta mucho, con la que comparto algunos entusiasmos o dejo de compartirlos por la misma razón, muy relacionada con la libertad de eso que he mencionado antes: pensamiento.