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Una hamburguesa en un McDonald's

A las pocas semanas de conocerla, paseábamos por no recuerdo que ciudad. Se fijó en un McDonald's que brillaba nocturno y pomposo, con sus luces redichas de cafetería americana para niños felices; y como una niña feliz, y hambrienta, me dijo: "¡Qué suerte... Vamos a comer una hamburguesa!"


Por primera vez en la vida (y mi vida no era escueta de calendario en aquellos tiempos, no te digo ahora), entré en uno de esos establecimientos donde se come carne picada como se pica carne para borrar las huellas de un homicidio, pan esponjoso de fábrica engrasada a diario, verduras desmoralizadas, patatas congeladas fritas en aceite industrial y helados que salen por un grifo como la manga de un churrero, entre otras especialidades. Fue el primer sacrificio grande que hice por ella.

Hoy, casi doce años después, tengo la impresión de que es el único sacrificio verdadero que me ha costado su amor. Lo demás, tanta vida ya compartida, tantos lugares, tantas personas... Lo demás ha sido dejar hablar a los sentimientos, permitirles vivir sin exigencia ni apuro. Todo fluye porque todo está convocado entre nosotros: la vida entera comparece.

Que siga, que nunca se detenga, hasta el día y el momento en que llegue la muerte y un servidor, irredento de las citas literarias, insista una vez más en Pavese. "Te lo dije" -le diré. "Tiene tus ojos".

Y que no se me olvide: feliz aniversario.

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