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Un viento que viene de todas partes

Ayer corría el alisio un poco sombrío, espeso entre nubes cenicientas. Cuando el alisio se pone industrial, huérfano de la luminosidad ligera que lo lleva y lo trae el por el océano como música a una bailarina, las cabezas en la isla también rinden servidumbre al volcán, agrisan los pensamientos y el peso de las rocas negras puede más en el espíritu que la danza desenvuelta del rizado de las olas. La gente anda tristuna y como sorprendida, abrumada por la atmósfera de lava densa como el tiempo entre bostezos que se pierde y no dejará tras su paso más que vida quemada.

Así andaba un servidor, entre melancólico y enfurruñado contra el viento torcido, cuando llegué hasta mi casillero para el correo, situado calle adelante, a unos doscientos metros de casa, (en la isla, las cosas tienen su lógica que es otra lógica). Y encontré de súbito el libro recién públicado que José Antonio Iglesias ha tenido la amabilidad de enviarme: Un viento que viene de Avalon. Ya se arregló el día. Si el alisio no corre en la tonancia risueña de su natural, el amigo poeta acude en remedio con otro viento no menos amable y poderoso: el de sus versos nacidos bajo el susurro de Avalon.

De regreso, confortado el ánimo y reconciliado con el alisio y con todos los vientos de este mundo, pensaba en lo pocos que somos, los pocos que quedamos, la muy poca gente que sigue teniendo por costumbre enviarse libros, escribir una escueta y cariñosa dedicatoria, satisfacerse los días y bendecir el tiempo con el maravilloso obsequio. Sí, cada vez somos menos. Llevamos camino de convertirnos en una feliz agradecida sociedad secreta: la de oidores de días y vientos, curadores de libros y amigos. No sé porqué se me representa que cuanto más oscuros sean los días por fuera, más radiante será nuestro pequeño gozo interior, la celebración del viento, los libros, la amistad.

Qué pocos quedamos…

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