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Mostrando entradas de mayo, 2016

Familia

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Mi abuelo Paco González, chófer de la embajada de Marruecos en Madrid, dejaba a Muhammad V en el Pardo, despachando con el Caudillo, y corría a nuestro humilde barrio en la Vía Lusitana para montar a la chiquillería en el coche oficial y pasearnos por el centro. Alborotábamos con gozo infantil cada vez que un guardia municipal saluda al negro, solemne automóvil con matrícula del Cuerpo Diplomático. Mi padre se desesperaba: “cualquier día fusilan a este hombre”.

Mi abuela Amparo Bendicho, casada con un electricista y madre de cuatro mozancos electricistas, siempre estaba atenta y siempre descubría al revisor de contadores cuando empezaba su recorrido de inspección por el primer piso. Gritaba a todo gritar: “¡Toni, desenchufa las acciones!“. Las acciones eran un gancho conductor, primorosamente fabricado por alguno de aquellos manitas y empalmado desde la galería del domicilio al tendido eléctrico, con el loable fin de proveerse de energía eléctrica a precio popular.

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El libro del sur, de Juan Pablo Vitali

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El poeta nutre su bagaje para este periplo con aquellos atributos que han anclado firmemente en su espíritu: lo inolvidable, lo irrenunciable, lo que merece el esfuerzo de una vida y, por supuesto, durabilidad sin fisuras en la gratitud. Así, en primer lugar y casi como elemento conductor, encontramos en este poemario una reivindicación de los ancestros, los venerados antepasados que continúan alentando el alma inquieta del presente. Una de las características, también desgracias, de nuestro tiempo presente es habernos resignado a la escisión entre la voz edificadora del pasado y la inquietud del hoy cotidiano. Romper vínculos con “lo anterior” nos condena sin remedio a un vivir diario sin norte ni sur, este ni oeste; un transitar sin objeto en reclamo de toscas gratificaciones personales que nunca darán sentido a nuestra vida y, lo que es aún peor, a nuestra bien merecida y mal amada muerte.

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La Gorgona

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Llegaron noticias de que los jinetes del páramo poseían un gran tesoro: tres sirenas del mar de las Ánimas Dormidas. Según el mensajero, comerciantes de Alexandrópolis, tiempo atrás, habían contratado a mercenarios de Kefalonia, expertos en esta clase de cacerías, para que consiguieran la presa. Una vez en su poder las tristes sirenas, encerradas en un arca de bronce, las transportaron hacia Hestaria, en los dominios septentrionales del Emperador, con intención de venderlas a un precio exorbitante. Pero los cándidos comerciantes no contaban con la audacia de los jinetes del páramo, sobre todo si hay rapiña y botín de por medio. Estos salvajes cubiertos de pieles grasientas no reconocen a otra autoridad que la Noche, no acatan más ley que la del Perpetuo Invierno triunfante en sus hoscas tierras; y tienen por único señor a la Muerte, divinidad a la que dirigen todas sus plegarias y a la que nombran, según cuentan los viajeros, de treinta maneras distintas, siendo la más peregrina de e…