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Boabdil, el príncipe del día y de la noche

Acabada la lectura del año (2016), que se ha hecho esperar casi tanto como las campanadas en la basílica de Candelaria. Última novela publicada (seguro que hay otra en marcha, y otras en proyecto), de Antonio Enrique. De momento, dejo constancia de mi renovado estupor por la capacidad creadora de Antonio. Digo estupor y creo decir bien: me asombra de nuevo, es capaz de sorprenderme otra vez con una novela que asciende hasta más allá de lo que consideraba su pináculo de excelencia. Hacerse más pulcro y preciso, ameno y caudaloso, poderoso en una narrativa como lluvia que no cesa y empapa el alma del lector, después de La espada de Miramamolín, parecía en verdad imposible. Lo parecía, solamente...

Bobadil, el príncipe del día y de la noche no es otro nivel en la producción de Antonio Enrique, pero sí representa un peldaño más. Insisto: de momento, señalar el hallazgo de un personaje espectacular como discreto, ambiguo como certero, amable como implacable en su voz perfecta de narrador: el eunuco Eleazar. Sí hay diferencias, distancias, desniveles en la narrativa contemporánea (y en la "histórica" para qué hablar). Antonio Enrique me demuestra, una vez más, que él, como siempre, juega "en otra liga"; la de los grandes autores que escriben en la contemporaneidad y dejarán su huella para siempre. Esperemos que ese siempre resulte casi tan largo como infinito suponemos al futuro. Una cosa es segura, sin embargo: si la literatura se mantiene como asignatura, nuestros nietos lo estudiarán en los libros de texto.

De momento. Ahora toca repensar la novela y urdir una reseña que, aproximadamente, esté a la altura del libro comentado. Ese trabajo me va a llevar unas semanas, seguro. Según de qué cosas, asuntos y novelas hablemos, hay que ser muy cuidadoso. O sea que sí: de momento, lo que hay... Mi gratitud infinita al autor por haberme obsequiado este final de año que es un punto final insuperable a mis lecturas de 2016.

¡Gracias!



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