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Élites y minorías

Las élites viven encantadas en su puridad, acorazan núcleos excluyentes y se comportan con ágil instinto gremial en lo que concierne a defender su enorme privilegio de ser pocos y bien apalancados. Las minorías, por el contrario, no están nada satisfechas de su condición, tienen vocación de alcanzar mayores audiencias y trabajan constantemente en favor de este propósito. Por lo general —inexorablemente, si hablamos de la cultura y sus entornos —, las élites aborrecen a las minorías, procuran cercenar sus pretensiones de influir en el ideario común y, si pueden, “cortan las alas” a todo el que presientan como amenaza a su posición en la torre vigía.


Hay dos cosas intolerables para las élites, si aparecen combinadas: el talento y la insumisión a lo establecido. Pues no se pertenece a una élite por amor al arte, sino por la habilidad social de saber llegar y saber quedarse; no por la brillantez, la capacidad de trabajo y el sentido crítico de lo real, sino por el ingenio de hablar al común con lengua de trapo y regalar el oído de los poderosos con un discurso “intra muros” del todo inofensivo. El tranquilizador lema de las élites sería: “Mientras seamos nosotros quienes pregonemos que todo debe cambiar, nada va a cambiar”. A las minorías, justo es reconocerlo, les trae sin cuidado que las cosas cambien o no —continúo refiriéndome a los ámbitos de la cultura, no confundamos —, pues su principal ocupación no consiste en adornar huertos propios, vigilar los ajenos y hacer la rosca a los pudientes, sino articular un discurso creativo que alguna vez, por largo que se fíe el plazo, merezca reconocimiento y respeto. Las élites quieren una poltrona senatorial como recompensa a su excelsitud. Las minorías, que el librero de su barrio esté orgulloso de conocerlos.

He aquí la primera paradoja de las élites: su continua inquisición sobre las minorías produce en estas un efecto darwiniano. Quienes se saben minoría, también saben que conseguir cada uno de sus anhelos conlleva enorme esfuerzo, constancia, esmero y rigurosa autoexigencia. En definitiva: trabajo. Muchísimo trabajo. Las élites son justamente élites para darse el lujo de ir de acá para allá vistosamente, con mucha alharaca y ningún esfuerzo. Las élites necesitan ditirambos y oropel, púlpitos y aplausos, divismo y prudente cercanía al sudor de masas para sobrevivir. Las minorías se arreglan con una mesa, una silla, un bolígrafo un puñado de folios. Las élites son vagantes por naturaleza, acomodadas al gusto zascandil de cada público. Las minorías, por efecto antipódico, son obstinadas, perseverantes, pacientes y, por supuesto, incansables. Nada los desalienta porque nada pierden y, a mayor ventaja, no se desviven por ganar. Se reconocen en el bíblico “hombre que lleva siempre consigo su recompensa”. Buscar el tesoro en otro lugar es de necios. O sea: de élites.

Si la historia nos ha enseñado algo, y si algo hemos aprendido de ella, ya se sabe quién quedará en pie sobre las ruinas. En lo que concierne a mi oficio, el único escritor encantado de pertenecer a las élites culturales de su tiempo que recuerdo es Oscar Wilde. Maravilloso autor, no cabe duda. La pena: que miles de Alfred Douglas, llegados desde todo el mundo al mausoleo de Wilde, en el parisino cementerio del Père Lachaise, habían estampado su huella y su carmín hasta convertir el sepulcro en un adefesio como una carroza del día del orgullo gay. La autoridad ha instalado una mampara protectora contra aquellas histéricas bandadas de admiradores.

Ser élite y sufrir un destino tan cruel es… cruel. De verdad que la historia enseña mucho.

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