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“Los Jardines estatuarios”, “Los Bárbaros” de Jacques Abeille

Escribir sobre una novela (dos en este caso), siempre impone una cierta obligación hermenéutica. De la simple glosa a la reseña, hasta las palabras mayores de la crítica, la tarea de quien escribe sobre lo escrito requiere entre otros cuidados una interpretación sobre las pretensiones y alcance de la obra y una evaluación de lo conseguido, aquello que definiríamos como “mérito” del autor. En lo que concierne a “Los jardines estatuarios” y su continuación en el “Cycle des contrées”, “Los bárbaros”, parece que una tarea tan obvia se convierte en algo extremadamente difícil. Reconozco que antes de escribir esta noticia he leído unas cuántas reseñas sobre “Los jardines estatuarios”; y de todas (que no son muchas), he sacado la misma conclusión: nadie tiene ni idea de qué demonios ha querido contar Jacques Abeille con estas dos entregas novelísticas que se están convirtiendo en obras de culto, por lógica y justicia; de culto porque, precisamente, los lectores reciben la soberana impresión de haber transitado por un discurso narrativo original y rotundo, impecable, inteligente hasta casi el apabullamiento, elegante y frío como bellas y frías son las estatuas de los jardines… Mas he aquí que junto a esas sensaciones, hay una intención sumergida (como los pedestales de las imágenes pétreas que crecen desde el fondo limoso e indiferenciado, la entraña del ser mineral de la tierra, en los jardines cuidados por maestros en el oficio ancestral del cultivo estatuario). Más que una difusa idea, penetra toda la lectura esa intuición, acaso sospecha, de que Abeille cuenta “algo” mucho más allá del argumento y los personajes, una proyección ideológica, de índole filosófica y moral que es absolutamente necesario descifrar. Se instala en el lector la desasosegante urgencia por interpretar de forma correcta esa propuesta rectora tan endemoniadamente difícil de desentrañar y cuyo aliento poderoso se manifiesta, digamos “a la vista del lector”, a través de una prosa impecable, un discurso extraordinariamente coherente y verosímil y un ritmo tan pausado, desapasionado, honesto como tranquilo, semejante a los libros de viajes o los tratados de antropología. No hay trampa ni enredo en la saga de “Cycle des contrées” (“Ciclo de los países” por personal traducción; por cierto: impresionante el trabajo de Lluís María Todó en la versión en español de las novelas que lo componen).

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